Ser emprendedores nos lleva a algo a lo que no estamos acostumbrados: a exponernos. Es así, ser emprendedores nos obliga a exponernos. A exponer nuestra idea al contarla, y que los demás nos critiquen o nos den demasiadas opiniones.
Cuando empezamos, esta cantidad de opiniones puede amedrentarnos, o hacernos sentir que tenemos que ser perfectos y que nuestro producto tiene que ser perfecto antes de salir a la luz. Es importante que no nos tomemos demasiado en serio las voces ajenas sobre nuestra propuesta.
Para hablar como emprendedor, o hablar con uno, lo primero que hay que hacer es soltar el cinismo. Tenemos que liberarnos de las ideas como “lo que yo quiero hacer no se puede” o “necesito más plata”, “más gente”, “más conocimiento”.
Para emprender es fundamental empezar. Ya sea empezar chiquito, empezando a conocer qué realmente nos falta. Y con esa propuesta chiquita exponernos al mundo y empezar a testearlo con conocidos, amigos y, luego, potenciales clientes.
Estamos iniciando un camino desconocido, pero muy divertido. En lugar de atemorizarnos por todo lo que no controlamos, es una gran oportunidad para entusiasmarnos con todo lo que tenemos para crear.