El espíritu emprendedor
Proyecto en marcha
Conclusiones

Primer equipo y segundo equipo

Todo emprendimiento que crece se parece a una travesía por una cordillera. No es una única cumbre lo que te espera, sino una serie de subidas, descansos, mesetas y nuevas montañas. Hay momentos de esfuerzo intenso, donde todo es cuesta arriba, y momentos de relativa estabilidad, donde podés mirar hacia atrás y ver lo que lograste, tomar aire y planear el próximo movimiento. Esta lógica también aplica a uno de los aspectos más importantes —y más sensibles— de cualquier proyecto: el equipo.

En este módulo, vamos a hablar de una distinción clave: la diferencia entre el primer equipo y el segundo equipo de un emprendimiento. No solo en términos cronológicos, sino en sus funciones, habilidades y en lo que representan para el crecimiento del proyecto.

El primer equipo: los que suben con vos la primera montaña

El primer equipo es ese grupo inicial con el que arrancás. A veces, sos solo vos. A veces, tenés uno o dos socios fundadores. Pero el verdadero primer equipo empieza a tomar forma cuando aparecen esas dos o tres personas más que se suman no por un sueldo, ni por una posición formal, sino porque creen en lo que estás haciendo. Porque sienten que vale la pena estar ahí.

Lo ideal es que este primer equipo no tarde demasiado en conformarse. Cuanto antes empieces a salir de tu propia cabeza y compartir el proyecto con otros, más rápido vas a tener que verbalizar lo que querés, organizar ideas, definir objetivos y comunicar de forma clara. Tener un equipo implica estructurar. Implica pasar de la fantasía al proyecto real.

¿Quiénes deberían estar en ese primer equipo? Personas en las que confiás. Personas con las que tengas sintonía emocional. Gente que esté dispuesta a convivir con vos en las partes más desordenadas y vulnerables del proceso. Porque esa primera montaña viene con entusiasmo, pero también con frustraciones, cambios de dirección, pruebas que fallan, ilusiones que se desarman y vuelven a armarse. Necesitás que esa gente no solo tenga ganas, sino que pueda sostenerte —y sostenerse— en medio del caos.

Otra cualidad clave: la flexibilidad. No estás buscando especialistas cerrados. Estás buscando personas que estén dispuestas a adaptarse, a aprender, a cambiar de rol si hace falta. Lo que hoy es importante, mañana tal vez no lo sea. Y ese cambio tiene que ser transitado con apertura, no con resistencia.

También es importante que esa gente tenga entusiasmo genuino por el proyecto. Puede que más adelante ya no estén dentro del equipo —por motivos personales, por tiempos, por recursos— pero incluso desde afuera sigan siendo aliados. Personas que hablen bien del proyecto, que deseen que te vaya bien, que funcionen como satélites o embajadores espontáneos.

A veces ese primer equipo crece con vos y sigue estando en las siguientes mesetas. A veces cambia. Pero su rol es fundacional. Son los que te ayudan a conquistar la primera montaña.

El segundo equipo: los que llegan para sostener la meseta (y subir la próxima)

Una vez que superás esa primera gran etapa, cuando tu proyecto ya tiene un producto definido, un sistema de ventas que funciona, cierta presencia en el mercado, quizás un poco de financiación, y algún mentor o asesor que acompaña el proceso… entrás en una nueva meseta.

Ya no se trata de inventar todo desde cero. Ahora se trata de mejorar, escalar, estabilizar. Y para eso, necesitás otro tipo de equipo.

El segundo equipo es más técnico, más especializado. Vas a poder dar tareas concretas, con objetivos claros, plazos razonables y resultados esperables. Ya no necesitás tanta flexibilidad como antes. Ahora lo importante es la capacidad de ejecución. Que cada persona pueda hacerse cargo de su área, aportar su conocimiento, y ayudarte a profesionalizar lo que hasta ahora venía siendo más artesanal.

Eso no significa que la cultura del primer equipo se pierda. Al contrario: una de las funciones del fundador es cuidar esa cultura inicial, esa forma de hacer, de hablar, de confiar, de resolver problemas. Pero también implica abrir el juego a nuevas personas que tal vez no estuvieron en la parte más caótica del camino, pero que llegan con herramientas para que el proyecto pase de emprendimiento a organización.

Este segundo equipo puede incluir personas con contactos clave, con experiencia en gestión, en procesos, en administración, en operaciones, en tecnología. Personas que te ayuden a crecer sin que todo dependa de tu energía personal. Y eso, a la larga, te libera para hacer otras cosas: pensar más estratégicamente, buscar nuevos mercados, o incluso reconocer si ya no sos la persona indicada para liderar la próxima montaña.

Sí, porque a veces el mayor acto de liderazgo es saber cuándo dar un paso al costado. Si ese nuevo momento del proyecto requiere un tipo de liderazgo que vos no tenés —o no querés tener—, podés dejar espacio para que otra persona lo tome. Y seguir formando parte del proceso desde otro rol. Porque el crecimiento del emprendimiento también implica tu crecimiento personal. Y eso incluye saber cuándo transformar tu rol.


Entender la diferencia entre el primer y el segundo equipo es entender que el proyecto cambia y vos también. Que lo que servía ayer no siempre sirve mañana. Y que el verdadero liderazgo consiste en adaptarte, acompañar esas transiciones y construir equipos que estén a la altura de cada etapa.

Así como hay nuevas montañas que escalar, también hay nuevos compañeros de camino. Y prepararte para eso, con conciencia y estrategia, es una de las claves para que tu proyecto crezca de verdad.

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